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La Hermandad de la Hoja Purificadora

Los vientos miasmáticos del Mar de Suf traen mutaciones, locura y perversidad. La carne se retuerce y se abre, aparecen ojos donde no debería haber ojos, y bocas que balbucean sin sentidos donde la naturaleza no quiso nunca poner bocas. La Hermandad de la Hoja Purificadora ha tomado como su mandato la protección de la forma física de la humanidad, mediante fuego y espada si es necesario. Cubiertos con gabanes oscuros y sombreros, y con los rostros cubiertos por las máscaras con rostro de ave que les dan su apodo de Cuervos de Hueso, recorren las calles haciendo sonar campanas fúnebres, buscando a los mutantes, a los sárkicos y a los deformes para encerrarlos en sus carros y llevarlos a las jaulas de purificación en las profundidades de sus fortalezas. A veces basta con una denuncia anónima, una sospecha, o una cicatriz particularmente saliente para ser objeto de sus macabras visitas.

En los laboratorios, con hojas de acero, bronce y plata, tenazas al rojo vivo y ungüentos alquímicos tratarán de salvar si no el cuerpo, al menos el alma, y sobre todo de evitar el contagio, pues la Hermandad cree que la mutación del cuerpo se produce debido a la miasma, una sustancia invisible y contagiosa, arrastrada por los vientos del Mar, y que puede afectar a cualquiera que entre en contacto con los sárkicos sin las debidas protecciones. A menudo dejan aldeas enteras en llamas a su paso, la única forma segura de evitar la contaminación.

El Instituto de Corrección Espiritual

El Instituto de Corrección Espiritual es un estricto guadián de la ortodoxia; el problema es que cada división local del Instituto tiene una visión ligeramente distinta de lo que es la ortodoxia. Algunos se afilian a la Iglesia de Hierro, otros a los Siervos de la Hueste u otro culto ortodoxo, y hay Institutos que aceptan a Creyentes de cualquiera de ellos.

Para el Instituto, cualquiera que se aleje de su visión de la ortodoxia es un aponoico, un enfermo espiritual que debe ser compadecido. Pero para ser compasivo hay que ser duro. El Instituto establece Hospitales Espirituales, edificios de cemento y piedra que recuerdan a fortalezas, donde los “pacientes” son encerrados en diminutas celdas con camisas de fuerza y sometidos a todo tipo de tratamientos para “corregir” sus “manías”, incluyendo la lobotomía, las inmersiones en agua helada, las palizas, la hipnosis, el puro y simple adoctrinamiento, e incluso la tortura, dependiendo de las inclinaciones del director de cada centro.

Solo cuando los “desafortunados”, como se llama a los pacientes, han sido totalmente adoctrinados y sus creencias heréticas han sido reemplazadas con aquellas que sustente la institución, normalmente apotropaicas o apoteósicas, se le deja en libertad… aunque a menudo como poco más que un vagabundo enfermo y frágil, espiritualmente puro pero físicamente quebrantado.

La Orden de la Espada Ardiente

Ataviados con barrocas armaduras pesadas, decoradas con rostros grotescos, cuchillas, cuernos y espinas, y armados con hachas y espadas, los Caballeros de la Orden de la Espada Ardiente cabalgan sementales negros como la noche, patrullando campos y ciudades en los Tiviles gobernados por Koina apoteósicas o apotropaicas. Su presa es clara: herejes, blasfemos, extincionistas y eleutéricos, todos aquellos que desafían el gobierno de los Arcontes, para ser arrastrados cargados de cadenas y arder en las piras como castigo por sus pecados.

Los Caballeros de la Orden, sus Paladines y Campeones, tienen fama de ser incorruptibles y absolutamente fanáticos.

Cada capítulo de la Orden jura lealtad a un culto apotropaico o extincionista u otro, aunque la mayoría sirve a la Iglesia de Hierro, los Siervos de la Hueste, o la Iglesia de la Ascensión. No se sabe de ninguno de ellos que haya apostatado jamás de sus creencias, ni mucho menos que haya mostrado la más mínima piedad hacia una víctima.

Desde el punto de la vista de la Orden, cuanto antes ardan los herejes, antes podrán reencarnarse en verdaderos creyentes.

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