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De Hierro Sus Cadenas

Panfleto anónimo atribuido a la Sociedad de la Llave de Acero.

Cada pocos días recorren las avenidas de nuestra ciudad con sus cánticos. Una procesión de monjes encapuchados balanceando incensarios, estandartes negros bordados en plata y oro con los símbolos de los Arcontes, penitentes desnudos y rapados que se flagelan, tambores, campanas y catafalcos sobre los que se alzan templetes de hierro y bronce que cobijan los ídolos abominables ante los que se arrastran las multitudes. Trazan el mismo recorrido todas las veces, deteniéndose en las escalinatas de los templos para ofrecer sus sacrificios sangrientos y sus interminables letanías, para luego continuar llevando los restos del sacrificio, los huesos y la piel aún sangrante, clavados en largas varas como nuevos estandartes.

Son la Iglesia de Hierro, bajo cuya bota se retuercen incontables miles. Como secta ortodoxa más poderosa, las koina respetables la han adoptado como religión oficial, y sus diáconos y obispos se aseguran de mantener esa situación a cualquier precio, con fuego y espadas si es necesario. Sus jerarcas se sientan a la mesa de los gobernantes y se reúnen con los maestres de la Espada Ardiente y los decanos del Instituto de Corrección Espiritual, y juntos planean cómo servir mejor a los Arcontes y extinguir definitivamente el potencial divino de la Humanidad. No podemos permitirlo.

Su teología es brutal. Como seguidores de la Vía Sacrificial, sostienen que el papel de los humanos es servir a los Arcontes con sacrificios que sirven un triple propósito: expían los pecados de vías pasadas, complacen a los dioses para que moderen su rigor en las Prisiones de Hierro, y aseguran el buen funcionamiento del universo de acuerdo con la Heimármene.

Lo que distingue a la Iglesia de Hierro de otras sectas Sacrificiales es el rigor ascético que imponen a todos sus seguidores. La humanidad penitente, dicen, no puede permitirse morar en palacios, disfrutar de la buena comida ni alegrarse con música y vino. La humanidad penitente debe peregrinar, ayunar, flagelarse y sufrir.

Es por eso que los sacerdotes de la Iglesia de Hierro visten simples sotanas negras, y túnicas con capucha los monjes. Muchos van descalzos y se rapan la cabeza. Los altos cargos se permiten anillos y collares que indican el oficio, pero siempre de hierro o de bronce. Muchos se adornan con cadenas y grilletes para recordarse lo que son. Solo en los objetos destinados al uso de los Arcontes permiten el lujo, y ahí se exceden. Sus ídolos deformes son de lapislázuli y marfil, con ojos de rubíes y esmeraldas y garras y dientes de oro y de platino, encerrados en relicarios barrocos enloquecedoramente intrincados, plagados de espirales, volutas y bajorrelieves tan minuciosos que a veces no es posible percibirlos a simple vista, y perpetuamente rodeados de nubes de incienso y perfumes traídos de tierras lejanas. Semejante esplendor en medio de la desolación más austera destaca como el sol en los breves momentos en que resplandece entre el mar y las nubes cada mañana, y proporciona un contraste terrible con los actos de degradación que tienen lugar a sus pies.

Pero todo esto es hipocresía. Los obispos y los archidiáconos viven en palacios que por el exterior parecen cárceles austeras, pero hemos oído los rumores. Tras los muros de piedra y las rejas de hierro hay suelos de maderas raras y de mármol, fuentes de comida y bebida, esclavos destinados al sacrificio que han sido desviados para que sirvan a los jerarcas de la Iglesia, que se sientan en canapés de marfil vestidos con ropas de seda y joyas de oro. Mientras los Creyentes de la Iglesia se flagelan y ayunan, sus obispos se entregan al vicio y al lujo.

Incluso hay rumores más graves. En Concilios periódicos la Iglesia revela los nombres de nuevos Arcontes, dioses grandes y pequeños cuyos rugidos desde el fondo del Mar de Suf aseguran haber percibido en sus trances penitenciales. Con grandes fiestas celebran la incorporación de estos nuevos dioses al panteón, con procesiones y sacrificios. Pero hay quien dice que estos no son nuevos dioses, sino jerarcas de la Iglesia ascendidos a la divinidad. Cuentan que la cúpula de la Iglesia de Hierro es un culto apoteósico, que utiliza el sacrificio y la adoración de sus Creyentes para ascender a sus miembros a la divinidad. No sabemos si es cierto, o siquiera posible, pero de serlo, sería la más abyecta de las traiciones.

La Vida del Penitente

Del sermón del Maestro de Novicios Asamenew Eyoel.

Veo ante mí los rostros de aquellos que han sido elegidos como Oyentes de nuestra Santa Iglesia de Hierro y en cada uno veo reflejado lo que me trajo a mí a su seno hace tantos años. El recuerdo nocturno de los tormentos del Mar de Suf, el sufrimiento diario de esta vida maldita, y la necesidad de saber qué hacer, cómo poner fin a todo. Hijos míos, no hay fin para el dolor, pero puede ser mitigado. Cada uno de los que tengo hoy ante mí vestidos con las túnicas de los novicios saben que es inútil luchar y resistirse. La humanidad está en la boca del León, y, a veces tras muchos años de búsqueda, de dolor y de terror, hemos comprendido que podemos evitar que nos devore si nos convertimos en sus sirvientes, o podemos ser devorados; pero no podemos escapar.

Algunos han tenido que perder mucho para llegar hasta aquí. Los Arcontes han pasado años iluminándolos, destruyendo las falsas esperanzas y las ilusiones engañosas que los blasfemos y los herejes ponen en nuestros corazones. Son palabras bonitas que todos querríamos oír, pero no es así como funciona el mundo. De manera que, cuando toda esperanza está perdida, cuando, como me ocurrió a mí, se han perdido la familia, el hogar y hasta la salud, solo queda rendirse ante el poder de los Arcontes y decir “hágase tu voluntad”. Se iba a hacer de todos modos: solo tenemos que aceptarla y asumir nuestro lugar en el cosmos.

Otros, más afortunados, acuden a nosotros jóvenes y sin heridas. Han crecido en un hogar Creyente, han escuchado los sermones de los predicadores y se han criado sabiendo que el papel de la humanidad es servir y sufrir, y que solo así podremos evitar la ira de los Arcontes entre vidas. A estos les digo que den gracias a los dioses, que ya les han mostrado su misericordia, y se esfuercen por no volver a provocar su cólera.

Ahora no entran a una vida de lujo, sino de dolor. No entran a la categoría de amos, sino de siervos. En la Iglesia de Hierro no prometemos aquello que no podemos dar, y aquello que no podemos dar no existe. Solo prometemos trabajo y sacrificio. Como Creyentes, podrán continuar con sus vidas diarias, trabajar en el mundo con sus manos para mantenerse, para mantener a la Iglesia, y para mayor gloria de los Arcontes. Pero a la vez quedarán admitidos a los ritos secretos y podrán participar de la comunión de los sacrificios, que garantizan la misericordia de los dioses; también quedan obligados a cumplir a rajatabla los ayunos y las penitencias. A menudo se les pedirán trabajos o pequeños esfuerzos: contribuir a la limpieza y el mantenimiento de los templos, participar en la organización de ciertos ritos y procesiones, e incluso quizá hablar a los Oyentes para que conozcan nuestras enseñanzas, o servir de mensajeros entre dos templos o jerarcas. Obedezcan fielmente, porque la voz de los obispos es como la voz de los Arcontes.

No se extrañen si, en otro Tivil o en otra ciudad, descubren que la Iglesia funciona de otra manera. La Ley de los Arcontes no se ocupa de esto, y cada lugar tiene sus tradiciones. Por lo general, de entre la masa de Creyentes laicos algunos, como yo mismo, optamos por la ordenación del sacerdocio y nos convertimos en sirvientes de los dioses a tiempo completo. Existen infinidad de cargos y oficios sacerdotales, desde los simples predicadores a los maestros de los cánticos, los teólogos y astrólogos, los sacrificadores, los que consagran las ofrendas y los templos, los purificadores, los augures que disciernen la voluntad de los Arcontes en las entrañas del sacrificio y las volutas del incienso, o los exorcistas que tratan con los Etemmu.

Algunos sacerdotes entre nosotros, con más talento para la administración y el liderazgo, ascienden y se convierten en guías y pastores de la Iglesia. Hay diáconos, responsables de un templo o una capilla, archidiáconos que dirigen a varias o quizá toda una ciudad, obispos y arzobispos que gobiernan regiones cada vez mayores, y patriarcas que rigen sobre una gran subdivisión o secta dentro de la Iglesia. Otros prefieren la vida contemplativa y se entregan permanentemente a la meditación, la flagelación y el autosacrificio como monjes y ascetas, dirigidos por sus superiores y abades.

Nuestros enemigos acusan a la Iglesia de parecer monolítica, pero estar en realidad devorada por las intrigas, los enfrentamientos internos y las rivalidades doctrinales y personales. Esto no es cierto, y los novicios que aspiran a ser Creyentes no deberían prestar oído a semejantes calumnias. Es cierto que entre nosotros hay diferencias de opinión. Por desgracia somos humanos y carecemos de la sabiduría de los Arcontes. Lo que conocemos lo sabemos gracias a la perspicacia de los místicos y augures y la sabiduría de los teólogos. Por eso nos reunimos periódicamente en Concilios para limar nuestras diferencias doctrinales y poder perfeccionar la adoración de los Arcontes, de manera que no suframos tanto en esta vida y en la otra.

Siempre hay rumores de obispos que desaparecen durante el viaje, de envenenamientos y puñaladas en la oscuridad, de Creyentes fieles condenados como herejes por algún conflicto personal y arrastrados a la hoguera o al sacrificio, o entregados a la Orden de la Espada Ardiente. Calumnias e insidias urdidas por los infieles, destinadas a minar la moral de los Creyentes y arruinar la reputación de nuestra Santa Iglesia, de manera que la humanidad no sirva adecuadamente a los Arcontes y permanezca para siempre presa del más terrible de los sufrimientos.

Hijos míos, el nuestro es el único camino. No hay alternativas, incluso aunque algunas deban ser toleradas por el momento. Esto es algo que no debemos olvidar nunca.

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  • […] los cultos Apotropaicos más importantes están la Iglesia de Hierro, la de los Siervos de la Hueste, y la Orden del Corazón […]

  • […] por ejemplo, mientras que la Iglesia de Hierro predica contra los herejes y rinde culto a los Arcontes, es la Orden de la Espada Ardiente la que […]

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