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Secretos del Taller

De un manuscrito de origen desconocido encontrado en la colección del Barón Eristavi

Como Maestro del Yunque eres un sacerdote, y tu taller es el templo. No lo olvides nunca. No forjas máquinas para venderlas por dinero a los burgueses, sino que engendras vida en los fuegos de la creación, y al hacerlo, te conviertes tú también en un Demiurgo a pequeña escala. Cada obra es mucho más de lo que parece, una metáfora del funcionamiento de la Kenoma. Así como es arriba es abajo. El que es capaz de crear es capaz de controlar y destruir, y al forjar maravillas con tus manos te dotas de nuevas facultades sobre el mundo material y sobre la propia alma que te vas forjando, y que algún día ascenderá para unirse a los Arcontes.

Solo permitirás a los extraños presenciar las ceremonias más sencillas y las Artes Menores. Déjales ver cómo recitas las oraciones sobre el yunque, la forja, y las herramientas, cómo llamas a cada una por su nombre propio, y cómo las consagras con aceite y agua benditas. El golpear del martillo con la forja es el ritmo que engendra la vida, y su sonido el de tus oraciones, que acompañarás con la música de liras y flautas según las armonías prescritas. El yunque será tu altar, ante los ojos de la estatua del Arconte, y en el fuego del horno arderán las ofrendas diarias. Deja a los no iniciados contemplar cómo las libaciones de aguardiente derraman fuego líquido en la forja entre el humo del tabaco; enséñales como el agua enciende el sol en un cáliz de sodio y cloro, para engendrar la sal de las purificaciones; déjales ver el nacimiento entre llamas azules de la serpiente de mercurio; que tiemblen cuando hagas crecer cristales de la nada, o cuando los rompas para liberar relámpagos.

Las Artes Mayores y las Artes Secretas, no podrán ser presenciadas por nadie que no haya recibido la iniciación en una cohorte. Las ejecutarás portando el brazalete, el mandil y la máscara, desnudo y con la piel marcada con el negro del carbón y el blanco de la ceniza, siempre detrás de las puertas, allá donde no pueden entrar los extraños. Pondrás la imagen del Arconte por encima del caldero sagrado, forjado con tus propias manos y que llenarás con clavos y cadenas, y con las herramientas consagradas que debas dejar de utilizar, y encenderás el fuego de la forja y del horno con madera consagrada y ungida con aceite bendito. Solo aquí obrarás las Artes Mayores y las Secretas, forjarás autómatas y practicarás la alquimia y la cábala. Solo aquí permitirás la cópula del azufre y el mercurio que producen el Gran Misterio.

Cuando hagas sacrificios vivientes, en los momentos prescritos, tras degollarlos sobre el yunque, quemarás la piel, los huesos y la grasa en el horno, y depositarás las cenizas en el caldero junto con la sangre. La carne la asarás en el fuego de la forja antes de consumirla, recitando las plegarias y los encantamientos que harán que, al compartir la comida de los dioses, llegues algún día a ser como ellos. Como Maestro del Yunque eres señor del fuego, y trascenderás el dolor de las quemaduras en tu camino a la divinidad. Al son de los tambores y las cítaras, con el entrechocar de címbalos, cadenas, lanzas y escudos metálicos, danzarás sobre las brasas, tomarás carbones encendidos en la mano y escupirás aguardiente en llamas sobre la forja para honrar a los Arcontes y acostumbrarte al poder ardiente de los dioses.

Una vez al año apagarás todos los fuegos del taller durante nueve días, que pasarás en penitencia, cubierto de cenizas y en la oscuridad, aguardando el rito del Fuego Nuevo. Cuando haya sido encendido con el relámpago o en las entrañas de la tierra, y te haya sido traído en una vasija consagrada, encenderás de nuevo la forja y el horno, con los mismos ritos con los que los consagraste la primera vez. Ambos son la matriz del fuego, el vientre del que surge la obra de metal o de cerámica, y por ello, azotarás sobre su boca a un niño, cuyas lágrimas serán las del recién nacido al parir, y el primer combustible del fuego sagrado será su alma arrancada. Quemarás la carne junto con los huesos y añadirás las cenizas al caldero, y con la sangre ungirás el fuego, el yunque y el carbón, y el mineral que tengas en el taller.

El horno es nuestra madre y nuestra tumba. En él arde la placenta de los que nacen entre los Maestros del Yunque, y a él entregamos a nuestros muertos, para unir sus cenizas al caldero. En él forjamos las estatuas de los Arcontes que se entregan a una nueva cohorte, y con él las rompemos para forjar con sus fragmentos las que presiden las forjas de los Oficiales y los Maestros; con él las fundimos de nuevo cuando muere la cohorte para forjar la estatua de nu nuevo grupo. Como el metal de los Arcontes, así las almas de los Maestros se reencarnan generación tras generación, y como él, así somos refinados progresivamente desde la carne a la divinidad. Debes recordar el nombre de las cohortes, el metal de sus brazaletes, y el Arconte al que adoran, mediante poemas genealógicos que cantarás según las armonías prescritas en las fiestas de los antepasados.

Sectas de los Maestros del Yunque

Extraídas del Diccionario de Sectas de la Kenoma, de Midya Bashur

Al ser un culto hereditario, las sectas de los Maestros del Yunque se conocen como Casas; la Casa es a la vez un grupo de linajes y un gremio de artesanos. Se presentan aquí solo algunas de las que más difieren de la postura general del culto, y que abarcan a varios Colegios.

La Casa de Fuego y Electro: Los Maestros de la Casa de Fuego y Electro son especialistas en animar la materia inerte. Utilizando almas humanas como fuente de energía, dan vida a golems y constructos, o reemplazan sus propios miembros (y los de aquellos que consideran merecedores y pagan bien) con prótesis cubiertas de signos cabalísticos, a menudo más perfectas que la carne mortal. A través de la lenta sustitución de la carne con metal, esperan perfeccionarse y alcanzar la divinidad.

La Casa de los Nueve Ángulos: A diferencia de otras Casas, la de los Nueve Ángulos centra sus intereses menos en la forja y el taller, y más en los aspectos intelectuales del Arte. Sus Maestros dominan las relaciones conceptuales entre las matemáticas, los tonos musicales, las frecuencias de las energías cósmicas y los ciclos de las estrellas. Su Taumaturgia se canaliza a partes iguales a través de la música, la numerología y la alquimia.

La Casa del Relámpago de Bronce: Los Maestros de esta Casa son reputados por su habilidad como armeros, y en particular por su dominio de las armas de fuego. Se dice que fueron los descubridores de la pólvora, y aún hoy sus cañones y fusiles son codiciados en toda la Kenoma. Además de armas de fuego construyen también máquinas de guerra y de asedio, espadas, hachas y armaduras de excelente calidad, tanto con capacidades taumatúrgicas como mundanas.

La Casa del Pilar de Ágata: No todas las obras de los Maestros del Yunque proceden del taller. Los miembros de la Casa del Pilar de Ágata centran su interés en la arquitectura sagrada. Crean espacios rituales, lugares santos en los que lo mundano queda suspendido y la misma forma de las paredes y las bóvedas evoca y concentra las energías divinas en un vórtice que inunda de poder a quienes sean capaces de manipularlas.

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