Personajes: Ata, la Limpiadora de Gizal

Ata, la Limpiadora de Gizal

Los Arcontes odian a los mutantes, ésa es una Verdad sencilla que cualquier Creyente puede comprender. Si la humanidad tiene una forma, dos brazos y dos piernas, dos ojos y una boca, una nariz y unos genitales… es porque esa forma ha sido dada, elegida para su función, que no es otra que venerar y aplacar la ira de los Arcontes. Cualquier abominación que haya sido contagiada de mutación por los vientos del Mar de Suf, que haya compartido cuchara y tenedor con otro mutante y absorbido su miasma; o peor aún, que voluntariamente haya violado la perfecta forma humana para alcanzar algún tipo de poder, debe ser purificada.

Ata siempre comprendió estas verdades sencillas. Llevó una vida normal, de sometimiento y postración, de asistencia a los sermones de la Iglesia de Hierro en su árida villa agraria a las afueras de Gizal. Hizo todo lo que un devoto puede hacer para aplacar a los Arcontes. Rezó, ayunó y se humilló mucho más que cualquiera de sus vecinos. Y entonces llegó su hija. A todas luces normal: dos brazos y dos piernas. Genitales sin mácula. Una boca y una nariz. Un ojito azul brillante como la canción sin palabras de Barpharahnges el Purificador. Sólo un ojo azul, el otro con los párpados sellados e imposibles de abrir.

Mató a la niña casi sin querer, presionando con tanta fuerza el ojo, tan poseída por el deseo de que se abriese, como para provocarle un derrame. En su celo purificador, también se arrancó la mano con la que lo hizo, manchada por la sangre de la mutante. Mató después al hombre con el que la concibió, que pese a no cargar con signos de mutación debía tener un alma tan corrupta como su semilla.

Ata sería la candidata ideal para unirse a la Hermandad de la Hoja Purificadora… si la conociera. Para ella, en su mente, sólo existen la Iglesia de Hierro y las hordas de mutantes que se mofan día tras día de los Arcontes con sus formas imperfectas.

Y aunque ahora ella también es una de ellos, con una sola mano y un garfio amarrado atado al muñón de su brazo izquierdo, mantiene su fe. Reza, ayuna y se humilla más que nadie cada vez que asiste a una ceremonia. Se tapa con una túnica para que nadie vea su deformidad en cada uno de los ritos en los que participa. Y por la noche asola Gizal, cuya industria no es más que otra muestra de soberbia del hombre. Acosa, extirpa y mata la mutación que habita en la ciudad.

Sólo cuando muera el último mutante pondrá fin a su vida para recibir su castigo en las Prisiones de Hierro del Mar de Suf.

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