Personajes: Sabah

Cuando era niño, Sabah soñaba, como todos, con las Prisiones de Hierro y las infinitas torturas entre vidas. Pero también con lo que había más allá de su poblado: con los marineros que contaban historias de un Tivil lleno de mujeres hermosas y traicioneras, con las fuentes de plata del islote de Lemnos y, en general, una vida lejos del huerto familiar. Tierra escasa, casi grisácea y malagradecida, que nunca daba sino lo justo para poder pasar hambre un día más.

Su deseo le fue concedido, pero no como él quiso.

Ahora, ya casi un anciano, sueña con las Prisiones de Hierro al dormir, pero con otra cosa mientras está despierto. Con la mañana fría y lluviosa en la que fue arrebatado de sus padres y metido en una de las arcas, con destino a “su vida mejor”. Con los latigazos hasta que dejaron de temblarle las piernas y los golpes cuando estos no bastaron.

Vendido como esclavo a uno de los Sufetes de Hursag, llegó con una comitiva perfecta para empezar a trabajar en una de las nuevas galerías. Hombres y mujeres jóvenes, algunos aún niños, con los que engordar, aún más, los bolsillos del jerarca. Sudó y sangró durante toda su juventud y casi toda su madurez, perdiendo compañeros (y amigos) en accidentes o en la oscuridad de los túneles, que se lo traga todo.

Pero no estaba llamado a eso.

Su primer paso en el camino lo dio cuando mató a uno de los guardias. Ese día había venido solo porque su compañero estaba indispuesto. Le clavó el pico en la cabeza cuando se pasó azotando a uno de los nuevos: apenas un chiquillo rollizo que no podía golpear con más fuerza las paredes de la roca. Cosas así pasaban de cuando en cuando: moría uno de los guardias, le sustituían tres más aún más fieros y daban el doble de golpes, proferían el doble de voces y les atemorizaban el doble de veces.

Huyó con el niño a las profundidades para escapar del castigo, y allí permaneció escondido durante lo que le pareció una eternidad. Al despertar ya no estaba el niño, pero hubiera jurado que podía escuchar su voz. La Roca la usó para decirle cómo había de liberarla a ella y a sus compañeros.

Sabah sigue trabajando, como si nada fuera con él. En los descansos y las largas noches en las que los guardias se dejan dormir les habla de la Palabra. Y les convence para hacer lo que hay que hacer.

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