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Hace cien años se creía que el futuro traería una era de paz, prosperidad y progreso. Hace sesenta, empezamos a pensar que, quizá, habría desigualdades, guerra y pobreza, que no todo sería tan perfecto. Hace cuarenta y cinco mirábamos al futuro y no veíamos más que opresión y distopía. Hace veinticinco, la opresión y la distopía eran el pan de cada día, y mirábamos al futuro confiando en que el sistema corrupto que nos aprisionaba reventaría por algún lado, que tras una gran tribulación vendría una era de paz, prosperidad y progreso.

El futuro ya está aquí, y no hay paz, ni prosperidad. Hay desigualdades, guerra, pobreza, opresión, distopía y tiranía. El viejo sistema se ha roto, sí, pero no para dar paso a una nueva era, sino como un huevo que se rompe para que nazca un ave rapaz, carroñera y monstruosa. Soñábamos con el fin del capitalismo y en su lugar, nos hemos encontrado con un mundo devorado por el ultraliberalismo más salvaje.

Ha habido progreso, eso sí. Hoy llevamos en los bolsillos pantallas flexibles que encierran un poder de procesamiento mayor que el de los mayores centros de datos de hace solo treinta años. Las imágenes generadas por ordenador son indistinguibles de la realidad. Las calles bullen con las imágenes fantasmales de la realidad aumentada, vehículos no tripulados recorren los cielos y las carreteras, e inteligencias artificiales (aún no autoconscientes… aún) deciden sobre los movimientos financieros y el destino de los mercados.

Cualquier forma de entretenimiento está al alcance de la mano, en cualquier momento, y podemos comunicarnos en tiempo real con el otro extremo del mundo.

Pero bajo esta capa de luces de neón hay un mundo mucho más oscuro. No solo las mafias que se han convertido en auténticas corporaciones multinacionales, o la cada vez mayor inseguridad, la pobreza, la marginación y el radicalismo político que han convertido las calles de Londres, Shanghai o Berlín en un híbrido malsano de las peores favelas del tercer mundo, el auge del fascismo hace un siglo, y las guerras de bandas de los ochenta. Ni siquiera es lo peor el calentamiento global que ha hecho aparecer enfermedades tropicales en el Mediterráneo y cambiado para siempre el ecosistema en Siberia y Canadá.

No, hay cosas mucho peores. Cosas antiguas y arcanas, que siempre han estado entre nosotros, aunque no las hemos visto. Sitra Achra. El Otro Lado. Los sacrificios de sangre en sótanos y almacenes industriales, los avistamientos de monstruos en callejones oscuros, los sellos cabalísticos que aparecen entre el código de determinadas páginas web y aplicaciones… nada de eso es nuevo. Pero cada día que pasa parecen volverse más atrevidos, menos preocupados de ocultarse. Cada día, las pesadillas de los locos y los niños son más grotescas, y más similares entre sí. Cada día, un poco más del Otro Lado se filtra al mundo visible, como un inmenso dragón que se estirara bajo el sol. Quizá pronto despierte.