Status Belli
Hace mil años, la Humanidad pareció haber encontrado al fin su edad de oro.

Naves estelares desplazaban a millones de personas por el espacio como si no fuera más que un viaje regular en avión; la red de comunicaciones se extendía, a mayor velocidad que la luz, a todos los rincones del universo colonizado. La cibernética y la biotecnología permitían milagros desconocidos hasta entonces, y las especies alienígenas que el hombre encontró en su camino no habían pasado de la era industrial y fueron fácilmente asimiladas. El progreso parecía imparable, incluso a pesar de que los mundos centrales, en torno a Tellus, cuna de la humanidad, se morían bajo el empuje de la superpoblación y la contaminación.

Pero nada dura eternamente. Las luchas de poder entre las facciones senatoriales y las grandes familias políticas, las Gentes, llegaron a un punto crítico cuando la máquina de guerra cibernética de la República, las Legiones, comenzó a encontrarse con colonias humanas perdidas y bien armadas y alienígenas tan avanzados como ellas.

Legionario Status Belli
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La guerra llevó a los problemas internos, y los problemas internos a una sucesión de guerras civiles, golpes de Estado, purgas e inestabilidad, mientras en las fronteras las provincias y los reinos clientes menos dóciles aprovechaban la oportunidad para buscar la independencia. Los senadores se enfrentan por sus intereses personales y comerciales, por las presiones de sus patrones y clientes y por su propia gloria, no por el bien de la República, y usan y abusan de sus puestos oficiales y los mandos militares asociados en una interminable y confusa guerra civil.

El modelo de las Legiones ha sido copiado y exportado. Hoy, no solo existen Legiones creadas por orden del Senado, sino Legiones privadas al servicio de senadores independientes, de magnates y corporaciones, o de grupos criminales y piratas, aparte de los reinos clientes y las provincias rebeldes. Unidades de diez a cien mil hombres, mujeres y alienígenas, reclutados de entre los desesperados y los perdidos, los que no tienen a donde ir: soldados veteranos, criminales y psicópatas, nobles empobrecidos o escoria de los barrios más bajos, equipados con implantes cibernéticos y armaduras asistidas, inundados de drogas de combate y con una vida de lujo garantizada a cambio de ofrecerlo todo por la Legión. Pero hoy las Legiones solo siguen a sus comandantes, y los comandantes solo siguen a sus patrones: el senador que ocupe el cargo al que han jurado lealtad, o aquel que les convenza de que representa la opción legítima, o lo mejor para la República, o quizá simplemente el magnate o corporación que los patrocine como su ejército privado. Una misma Legión puede cambiar varias veces de bando en una sola campaña, si no por propia iniciativa, por los manejos y alianzas de sus patrones.

Y mientras tanto, en ciudades y arcologías ultramodernas, una población diversa y ecléctica se debate entre un nivel de vida jamás alcanzado antes y el riesgo permanente de perderlo absolutamente todo.